9 de noviembre de 2015

Una aclaración necesaria

La semana pasada el Congreso aprobó una reforma a la Ley de Educación Superior, que garantiza que el Estado argentino financie las universidades y la gratuidad de los estudios de grado. Esto generó el aplauso de innumerables personalidades del mundo académico, política, social, educativo.

Asimismo, y no podemos dejarlo pasar, otras voces expresaron sus reparos respecto del acceso irrestricto a las universidades.

Dos ejemplos. El neurocientífico Facundo Manes, rector de la Universidad Favaloro y director del Instituto de Neurología Cognitiva, dijo en una entrevista que "Tenemos que buscar la excelencia. Entiendo que con esta ley lo que buscan es incluir a todos, pero a veces los argentinos nos sentimos demasiado únicos. ¿Por qué tomar ese atajo? Hay que mirar a las otras universidades del mundo. Apuntar a las mejores. Funcionan de otra manera, premiando el esfuerzo con becas. Al estudiante que lo merece, el estado o la universidad lo tienen que cuidar y sostener. Pero no se puede nivelar para abajo."

Por otro lado, Rogelio Frigerio, titular del Banco Ciudad y referente económico del Mauricio Macri, se manifestó con varias líneas al respecto. "La universidad pública tiene que tener un nivel de excelencia que lamentablemente no lo tiene. Es preciso discutir cuál es la universidad pública que queremos. Es necesario una universidad con exigencia, de excelencia, que hoy no es. ¿Por qué no podemos tener la mejor universidad pública de Latinoamérica que alguna vez fuimos y dejemos de ser. Este tema no va a ser planteado hoy, por el momento político, pero en cambio sí va a ser planteado con decisión la necesidad de que para entrar a la universidad se satisfagan determinados requisitos mínimos de calidad académica. No todos podemos acceder a la universidad. Primero hay que recibirse en el secundario, y dos de cada cuatro que lo inician no se reciben. Uno de cada dos que se recibe del secundario no puede comprender un texto y tampoco tiene acceso a la universidad. Uno de cada cuatro argentinos que van al secundario puede ir a universidad pública. Ese privilegio que resulta estudiar en la universidad tiene que estar acompañado por un nivel de excelencia y de exigencia que hoy no tiene."

Hay carreras universitarias y de posgrado, trabajos de investigación y todo tipo de artículos de nivel científico que tratan de manera extensa esta temática, además de compararla con sistemas de otros países.


Personalmente solo quiero señalar, y con la mínima intención de no hacer como que nadie escuchó lo que dijeron estas personas, algunas discusiones que deliberadamente -o no- están pasándose de largo aquí.

La primera, es que la exigencia académica y disciplinar no finaliza con la obtención del número de legajo en una universidad. Muy por el contrario, los espacios curriculares demandan el cumplimiento de obligaciones mínimas para todos los estudiantes (no de las más laxas en muchos casos). Además, cada asignatura tiene su dificultad propia en el contexto de muchísimos factores: el cuadro docente o alguno en particular, la complejidad propia de la materia, su extensión, el nivel de detalle de ciertos conceptos, el poco margen de error al momento de resolver una actividad que se plantea.

Por otro lado, en la mayoría de las veces la exigencia dependerá del docente a cargo de la cátedra. Exigencia, por otro lado, no es igual a calidad. Un docente puede ser excelente y poco exigente, como pobre y muy exigente.

En segundo lugar, la exigencia de la asignatura y la nota final que en ella se obtenga no necesariamente se condice con el aprendizaje que el estudiante adquiera. Influyen los nervios y presiones propias de instancias de exposición, el humor del estudiante y del docente, la manera de darse a entender, incluso la relación de ambos como factor positivo o negativo. Demás está decir que hasta docentes mediocres y poco exigentes pueden actuar como disparadores de grandes mentes, en vez de cerrárselas.

Otro punto de vista no contemplado es que en nuestra sociedad actual moderna, cambiante y cada vez más competitiva, se torna de a poco más insuficiente la mera portación de un título de grado -aún con una alta calificación- para concretar una oportunidad laboral. Al contrario, se requiere de un proceso continuo de perfeccionamiento, con la realización de cursos, estudio de posgrado, prácticas concretas. La experiencia y la actitud ante determinadas situaciones son bien vistas.
 
No nos tapemos los ojos. El mundo es mucho más complejo. Lo que debe hacerse es, sin bajar nivel, apoyar, brindar herramientas para que quienes deseen estudiar y revistan de algún tipo de dificultad (familiar, económico, pedagógico, social, cultural, etc.) puedan hacerlo. No es un gasto, es una inversión.

No comparto, aunque entiendo, que muchos quieran una educación solo para los ricos, para los que pueden o para los que tuvieron una gran fortuna en la vida de llegar y poder bancarse en base a esfuerzo el costo de un estudio. Hay personas más inteligentes y menos inteligentes acá, en Europa, en Japón y en todos lados. No seamos ingenuos. Y si son resultadistas, una nota, un titulo obtenido, es el resultado de un proceso (o un día) de examen.
 
 
 
La universidad debe dar herramientas para poder encontrar soluciones, no las soluciones en sí mismas.