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29 de agosto de 2021

A veces las cosas tienen simplemente que ser

 

A veces las cosas tienen simplemente que ser.
A veces se dan por algún mérito.
A veces se dan por alguna sugerencia.
A veces se dan por alguna persona.
A veces se dan por algún proceso en marcha.
A veces se dan por una fatalidad o un error.
A veces se dan por fortuna.
A veces se dan, pese a que no debían ser.
A veces se dan por el destino.
A veces se dan por una simple casualidad.

Por eso, a veces las cosas tienen simplemente que ser. Y, aunque queramos racionalizarlo, buscar causas, buscar semejanzas, patalear ante lo injusto o lo no conveniente, simplemente las cosas son.

No, lo que sucede no conviene, pero.. ¿vas a vivir caminando hacia atrás o hacia adelante? ¿Cuánto tiempo más te cubrirás de excusas para no abrir los ojos hacia adelante y no cerrar la mirada del pasado?


RD




9 de abril de 2019

Los olvidos posibles

Los olvidos posibles

El olvido de ciertas personitas a las que nos aferramos mucho se da de las maneras menos intencionales. 

El click ese que nos hace merecedores de "esa persona me pierde a mi" es bastante raro, pero la tecla es cuando nos quita esa emoción de que el otro ser no era tan taaan especial como lo veníamos. 


Un caso raro es cuando vemos a esa persona con otra... que no tiene ninguna característica extraordinaria, e incluso todo lo contrario. Ahí es cuando pasas de la decepción a abrir los ojos. "Bueno, tan especial no era al final". 


Obvio que esto esconde una circunstancia media bastante equivocada, y es que el amor, el cariño, la magia, se merece. Pero bueno, en términos prácticos, al menos termina con la farsa. 


La reflexión va para cuando pasa eso, como anécdota.... y para cuando no pasa, suponiendo que alguna vez pasará. Alguna maldita vez veremos que no eran tan especial. 


Aparentemente intentar olvidar hace que recordemos más. Pareciera que la astilla se saca sin presionar. Salir va a salir, pero no sabremos cómo ni cuándo. Habrá que maquillarla de alguna manera o acostumbrarse, nomás...


RD.



31 de marzo de 2019

NO HACE FALTA

NO HACE FALTA

No hace falta mucho para ser mucho.
No hacen falta muchas sonrisas para que una valga.
No hace falta una lágrima para ver la angustia contenida.
No hace falta vivir mucho para detectar quién está viviendo y quién solo sobrelleva su existencia.

No hace falta saber reír para detectar las alegrías sinceras.
No hace falta abarcar una vida de manera apasionada para valorar las pasiones de quienes nos rodean.
No hace falta sufrir mucho para ver que alguien está saliendo y padeciendo esa mierda.
No hace falta subir un cerro para alegrarse cuando alguien intenta cambiar la pendiente de su vida.

No hace falta haber pasado por todas las gamas para identificar la gama de un alma.
No hace falta ser un mago para encender a esa alma.
No hace falta conocer a alguien para odiarlo por causar sufrimiento a otra.
No hace falta ser un demonio para herir profundamente a las almas nobles.

Pero sí hace falta vivirlo para contarlo.
Sí hace falta vivirlo para entenderlo.
Sí hace falta sentirlo para decidirlo.
Y sí hace falta sufrir la ausencia para valorar la presencia.

Y la presencia es adictiva, y la única adicción que no se superará jamás, es de quiénes te despiertan el resto de las adicciones, que no es más que la vida...

RD.



25 de marzo de 2019

Crecer y el otro

Crecer y madurar te hace tolerar menos a muchas personas pero, a su vez, tener más empatía con otras.

Entiendo que a cada uno le pasa distinto. Yo me aferro a quienes sufren o han sufrido, intento entender más y juzgar menos. Me identifico.

Por otro lado, siento un rechazo por quienes venden espejitos de colores, no se asumen, mienten, provocan dolor, intentan imponer su visión sin intentar entender al otro. Ni hablar de la mediocridad, cuando se tienen los medios para salir de esa zonita que los tiene tan cómodos.

A otros les pasará al revés. Las historias de vida personales nos marcan, pero creo que se puede salir de ellas. La clave será animarse, dejarse ayudar, cuestionarse, probar, errar. ¿Produce miedo? Produce miedo. Pero vale la pena...



RD.

16 de mayo de 2018

¿Y si somos eso que no somos?

¿Y si somos eso que no somos?

¿Hasta qué punto uno es uno y no lo que quisieron que uno fuera?
¿Y si estábamos viviendo una vida perfecta pero ajena?
¿Y si estábamos viviendo el sueño de alguien o algo más, y no los nuestros?
¿Y si las contradicciones son más humanas que las líneas rectas y uniformes?
¿Y si lo que nos ata al camino de lo correcto son las cadenas que nos impiden ir hacia el camino del bien?
¿Y si el bien no era tan bueno y el mal no era tan malo?
¿Y si nos engañaron con que ser fuertes era la única manera de vivir?
¿Y si huimos siempre de lo que siempre fuimos?
¿Y si para quedarnos debemos irnos?
¿Y si somos eso que no somos?

RD.


9 de febrero de 2018

La bola de nieve

Todas las vidas son distintas, pero algunas son más parecidas a otras.
Un tipo de vida se podría asemejar a un cerro cubierto de nieve, en la que cada persona va bajando y dejándose llevar por el impulso y las vicisitudes de la geografía.

Ante ésto, se nos presentan varias alternativas para tomarnos la bajada.
Unos querrán quedarse escondidos en el camino, en alguna cueva, y desde allí mantenerse ajenos a los vaivenes de las tormentas y de una bajada riesgosa. O eso creerán, porque nunca se puede escapar de la tormenta.


Otros grupo se dejará llevar por la inclinación de la montaña e intentarán bajar lo más rápido posible, lo más eficiente posible. Este grupo, desde afuera, será aplaudido y elogiado. Pero, pese a ello, caerán en algunas trampas: la principal será que vivirán la vida que la montaña les propone, pero no vivirán su vida. No sé sé cuestionarán, no tendrán creatividad, caerán en el facilisimo de tener el éxito seguro, pero muchos no serán felices.

Finalmente, un tercer sector tendrá una actitud llamativa. Bajarán el cerro, sí, pero a su tiempo, a su manera, observando el camino, dialogando con otros. Posiblemente serán atrapados por muchas tormentas, más incluso que los dos primeros grupos. Posiblemente se pierdan y tengan que rodear el terreno, retroceder, lastimarse para avanzar. Pero algo tendrán que los demás no: habrán vivido su vida, y no la que otros le sentenciaron.

RD.

23 de septiembre de 2017

Mechas apagadas

En ciertas ocasiones usamos la trampa de la comparación para sentirnos mejor que algo, que alguien. Caemos nuevamente en la tentación, en otros momentos, para sentirnos peor que algo, que alguien.

Se dice que no hay peor batalla que la que no se da, peor juego que el que no se juega, peor decisión que la que no se toma. La ilusión de lo estático se transforma en algo peor cuando nos demandan una acción, que será la mejor.

Ahora bien, también se dice que no hay peor vida que la que no se vive, no se siente. Es cierto. Pero -y me hago cargo- creo que no se vive plenamente una vida, no se siente plenamente una vida, si no hay una meta, un objetivo, una pasión, un sentido que la signifique.

Vamos a llamarle pasión. Pasión es aquello te motiva por una mera preferencia, gusto, o innumerables etcéteras. Por pasión hacemos cosas que no nos darán ningún rédito. Cosas que solamente nos insumirán energías. Cosas que nos sacarán más muecas que sonrisas, pero esas sonrisas valdrán toda la vida.

¿Cuál es la pasión de cada uno? Nacemos con ella. La descubrimos a los dos años o cuando ya pelamos canas. Pero la descubrimos. En el fondo siempre la buscamos. En el fondo tratamos de equipararla a nuestro concepto y sensación de felicidad.

Normalmente a la pasión la asimilamos al fuego, a la velocidad, a la luz. En el fondo es eso, una chispa que se transformó en una llamarada, y que usualmente acontece cuando emocionalmente realizamos un acción, que puede o no ser racional, pero que sí nos llenará ese vacío de felicidad.

La pasión es lo que le da sentido a nuestra existencia. Estoy seguro que, si llegaste hasta acá, ya tenés en mente qué es lo que te moviliza, o sea, tu pasión. O tal vez viste la pasión de alguien más.

Todos tenemos nuestra pasión individual, pero también existen las pasiones colectivas. A ellas las aprehendemos desde pequeños todos los días, y muchas veces aparecen como efecto contagio.

El problema principal de las sociedades posmodernas es que tienen las mechas apagadas y están, por tanto, desapasionadas. Se vive por vivir, sin sentido individual ni colectivo. El efecto contagio nunca llega porque nadie, en rigor muy pocos, tienen algo encendidas sus llamas.

¿Qué las ahogan? Las preocupaciones pasadas, presentes y futuras. Las prioridades únicamente individuales. Las aspiraciones puramente egoístas. Los mandatos sociales, familiares y culturales repetitivos. El "siempre se hizo así". El "nadie se va a enterar". El "vive hoy, no importa el mañana". El "no es responsabilidad mía", el "a mi no me corresponde", o el "a mi no me afecta". 

Y sí afecta. Porque, quien hoy vive dormido y no responde ante alguna necesidad, algún día pedirá ayuda y un otro le dirá lo que él mismo manifestó. Y así continuará el ciclo. El maldito y mediocre ciclo.

Y cuando lleguen las personas apasionadas y con las mechas encendidas, no podrán hacer mucho. Golpearán las puertas, pero no serán atendidos. Harán señales de humo pero serán ignoradas... aún viéndolas.

No sé cómo se resuelve. Intuyo un respuesta, pero parece utópica y demorará tiempo: volver a encender las mechadas apagadas en los niños.

Que cuando preguntemos "¿qué querés hacer cuando seas grande?" sea acompañado de un "hacé lo que te haga feliz y lo que más te guste".


26 de octubre de 2015

Aceptar

Aceptar es despegarte de culpas.

Aceptar no es abandonar, es avanzar, es dar un paso hacia adelante.

Aceptar es entender que no podemos entender todo.

Aceptar es reconocernos humanos y, por ello, falibles.

Aceptar es, muchas veces, tomar la decisión propia que resta.

Aceptar es la solución que siempre se pospone.

Aceptar, si has hecho ya lo necesario, es crecer.